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domingo, 29 de enero de 2012

Frivolidades fundamentales

La siguiente frase: “… honestamente, yo no le veo el mérito a la inteligencia de una mujer fea…” puede tener muchas y muy diferentes interpretaciones, pero para la tradición filosófica de la fenomenología existencial tiene un sentido muy claro: si no se es capaz de demostrar y defender con la propia vida el trabajo intelectual adquirido en los libros, entonces para qué estudiar tanto. Esta correlación vida-pensamiento suena prudente para estos tiempos post-modernos. Pero no pierde relación alguna con la primera frase. Es literal, de una mujer que estudia filosofía se espera que sea considerablemente guapa y atractiva. Y conste que no se trata de esa belleza “que se lleva por dentro”. Por decirlo de la forma más clara: una filósofa, que se precie de serlo, tiene que “estar buena”.

¡Vaya lujo que se dan los ontólogos!

Es una exigencia muy alta. Sobre todo porque no se refiere a características físicas adquiridas con anterioridad. Más bien, se encuentra en relación con conceptos fundamentales de Heidegger y Sartre que hacen de esta belleza corporal una manifestación ineludible de los procesos reflexivos.

Comenzando por los existenciarios de Heidegger el cuerpo toma una dimensión central al asumirnos como seres en el mundo y seres con otros. La mirada se aproxima hacia nosotros y nos encuentra como presencia física –en la medida en que estamos en el mundo no podemos negar que somos percibidos por los demás. Pero también hay algo que transforma esta presencia innegable en una figura atractiva. Sartre lo define como un “velo de coquetería que envuelve a la carne” y lo llama “gracia”. La gracia proviene de la plena conciencia de la libertad, la propia y la ajena, que en cuanto tal se manifiesta corporalmente como un movimiento tendido hacia el mundo y hacia los otros. Es un movimiento “coqueto” porque se muestra y se oculta llevando dentro la incertidumbre de su permanencia. Desde la temporalidad y la finitud las relaciones con el mundo y con los otros se construyen en instantes. No queda tiempo o lugar para malgastar estos momentos en la rigidez de lo eterno.

Entre la melancolía de lo que termina y la esperanza, que nada espera, se establece un ritmo interior de apertura y ligereza; conserva un sustrato de amargura pero siempre lo engaña con juegos inesperados.

Traspasa a las ideas esta forma de asumir la gracia, la libertad, la incertidumbre. Es la voluptuosidad de quien acepta el temple de los movimientos interiores; y es la sonrisa de quien puede asegurar:
“en realidad son tan pocas las cosas que me importan en la vida…”