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domingo, 13 de noviembre de 2011

El penúltimo tren


Saliendo de la propia prisa por la puerta del filosofar, tarde llegando a tiempo, buscando en el bolso las llaves que conducen al destino musical, del lápiz labial hacia la medicina, un chicle que recuerda la sed de cantar.

Los necios botones de las cámaras que no captan el momento que vivimos, la copia infiel de un sombrero negro no se entiende a la altura de la mirada del mundo, ácaros flotando en cada sacudida rubia como notas de “la magdalena”.

Una mentada de madre con el desafino y el coro que ya no se repite, hay quien quiere ser el primero en declamar la estrofa que no escucha.

La melodía acompañando de querer y no querer, los rostros iluminadas de a-sintonías al bailar, una sonrisa por cada do re mi, recuerdos que ganan terreno en el presente y presente que quiere ser más vivido de lo que se canta. No parece ser tan preferible Batman, cuando se tiene a una linda mujer ante los ojos.

Entre canciones y poemas, el extranjero víctima de malinchismo grita “pinche facebook” como declaración de que una palabra vale más que mil imágenes, esas “lágrimas para llorar cuando valga la pena” se despiden entonando un poema embarazado del “penúltimo tren”.
El conductor perdido de un auto que va hacia el extravío en el mundo y en las escaleras la caída hacia arriba, las peatones recobrando el aire, sin soltar la nicotina que acarrea el mundo,  la risa buscando la salida para poder continuar. 

Tratando de no tomar pastillas para no soñar, hay que entender los imperativos categóricos para poder confundir un auto anaranjado con un arbusto iluminado y caer en un ataque de risa, aunque el camellón obscuro no nos puede dar tanta tregua con un giro hacia la muerte. 

Los malandrines esperando una limosna de tráfico, el camino arbolado truncado que trae consigo la diversión del imprevisto de ser en medio de la vida, con la desesperanza de los que vienen atrás tratando de ser comprendidos. 

Un claxon más y nos sentamos en cámara lenta, no hay prisa por llegar a la desesperación. La diversión tendrá que esperar a que termine la media noche para tomar un café que sólo se sirve en 24 horas contadas en los días que no hay nada que hacer. 

Las luces de STOP no son necesarias en una noche iluminada y a veces hay que caerse otra vez para encontrarnos en el camino.